¿Quién enseñará a pensar?

"Sapere aude" (Atrévete a pensar). Immanuel Kant
Toda sociedad educa: Lo hace la familia, la escuela, la comunidad, los medios de comunicación y también la cultura de cada época. Incluso aquellas sociedades que afirman no educar terminan transmitiendo una determinada manera de comprender el mundo, de interpretar la realidad y de relacionarse con los demás. La educación nunca desaparece, simplemente cambia de escenario y, con frecuencia, también de protagonistas. La cuestión no es, entonces, si una sociedad educa, sino qué tipo de personas contribuye a formar.
Ahora bien, no toda educación desarrolla la capacidad de pensamiento o reflexión crítica; esa condición que permite al ser humano distinguir entre la verdad y la apariencia, entre una convicción construida mediante la reflexión y una idea aceptada únicamente porque otros la repiten. Por eso, la pregunta ya no consiste en saber si nuestros jóvenes están siendo educados; lo están. La cuestión verdaderamente decisiva es otra: ¿Quién está enseñando hoy a pensar?
Vivimos en un tiempo en el que millones de adolescentes reciben diariamente mensajes que les indican qué consumir, qué admirar, cómo vestir, qué creer, qué rechazar e incluso cómo interpretar los acontecimientos que ocurren a su alrededor. Nunca había sido tan fácil acceder a la información ni habían coexistido tantas voces disputándose simultáneamente la atención y el juicio de una misma generación.
Pero atención, el problema no reside en la existencia de esos nuevos espacios de influencia. De hecho, toda época ha tenido personas, instituciones o movimientos capaces de modelar la opinión de los demás. Lo verdaderamente inquietante aparece cuando dejamos de preguntarnos quién está formando el juicio crítico de quienes reciben diariamente ese inmenso caudal de información. Porque escuchar muchas voces nunca será un problema; el problema comienza cuando se pierde la capacidad de discernir entre ellas.
Una sociedad empieza a debilitarse cuando sustituye el pensamiento por la adhesión inmediata, la reflexión por la repetición y el juicio personal por la simple aceptación de aquello que otros consideran verdadero. En ese momento, la libertad comienza a confundirse con la posibilidad de elegir entre múltiples opciones, olvidando que solo es verdaderamente libre quien ha aprendido a examinar críticamente las razones que orientan sus decisiones.
Quizá por eso la Filosofía nunca nació como un lujo intelectual reservado para unos pocos, sino como una necesidad profundamente humana, cuando el ser humano descubrió que no bastaba con vivir, que era necesario comprender el sentido de la propia existencia.
Cuando Sócrates recorría las calles de Atenas dialogando con sus conciudadanos, no pretendía convencerlos de pensar como él. Aspiraba a algo mucho más difícil: que aprendieran a pensar por sí mismos. Por eso, al defender su vida ante el tribunal ateniense, pronunció una de las afirmaciones más influyentes de la historia del pensamiento occidental: "Una vida sin examen no merece ser vivida" (Apología, 38a).
Aquella sentencia conserva hoy una vigencia sorprendente; no porque invite a desconfiar de todo, sino porque recuerda que la dignidad humana exige una conciencia capaz de examinar sus propias creencias antes de convertirlas en convicciones. Educar, desde esta perspectiva, nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar personas capaces de pensar con autonomía, dialogar con argumentos y asumir responsablemente las consecuencias de sus decisiones.
Más de dos mil años después, Immanuel Kant publicó su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? Allí formuló una invitación que trasciende la Ilustración y continúa interpelando a nuestro tiempo: “Sapere aude” (Atrévete a servirte de tu propia razón), una defensa de la autonomía intelectual como fundamento de la libertad humana.
Educar nunca consistirá únicamente en transmitir conocimientos, consistirá siempre en formar personas capaces de comprender, deliberar, discernir y decidir con responsabilidad. Toda educación transmite saberes, pero solo una verdadera educación forma el pensamiento que permite comprenderlos, cuestionarlos, otorgarles sentido y orientarlos hacia el bien común. Esa es la misión que cultiva el juicio crítico, fortalece la autonomía intelectual y hace posible una libertad auténtica. Cuando la educación renuncia a esa responsabilidad, otros ocupan ese lugar y terminan modelando la conciencia desde intereses que no siempre coinciden con la verdad ni con el bien común, mientras la sociedad solo se lamenta.
Por eso, la gran pregunta educativa del siglo XXI ya no es cuánto saben nuestros jóvenes, sino quién les está enseñando a pensar; ese sigue siendo, desde Sócrates hasta nuestros días, el propósito más noble de toda educación. Efectivamente toda sociedad educa, la diferencia radica en si educa para reproducir lo que otros piensan o para formar personas capaces de reflexionar por sí mismas. En esa elección descansa, quizás, el futuro de la escuela, de la democracia y de la libertad humana.