LIBERTAD DE EXPRESIÓN AMENAZADA

La entrada en vigor del nuevo Código Penal ha abierto un debate que trasciende el ámbito jurídico y toca el corazón mismo de la democracia: la libertad de expresión.
El punto de mayor controversia son las disposiciones que establecen penas de prisión y multas para delitos como la difamación, la injuria y la denominada difamación extorsiva, incluso cuando estos hechos ocurren en plataformas digitales y redes sociales.
Quienes respaldan estas medidas sostienen que la libertad de expresión no puede convertirse en una licencia para destruir reputaciones, difundir mentiras o ejercer chantaje mediático. Argumentan que el honor, la dignidad y la imagen de las personas también merecen protección efectiva por parte del Estado.
Sin embargo, las preocupaciones de periodistas, juristas y organizaciones de la sociedad civil no pueden ser ignoradas.
Diversos sectores advierten que la reintroducción de penas de cárcel por expresiones consideradas difamatorias podría generar temor, autocensura y un efecto inhibidor sobre la denuncia ciudadana, la investigación periodística y el debate público.
El desafío consiste en encontrar un equilibrio. Una sociedad democrática necesita proteger tanto la honra de las personas como el derecho de los ciudadanos a cuestionar, denunciar y criticar a quienes ejercen poder.
Cuando una legislación es percibida como excesivamente severa o ambigua, surge el riesgo de que la gente piense dos veces antes de expresar una opinión legítima sobre asuntos de interés público.
La verdadera prueba del nuevo Código Penal no estará solo en su texto, sino en su aplicación.
La justicia deberá garantizar que estas disposiciones no se conviertan en herramientas para silenciar voces críticas, sino en mecanismos proporcionales para sancionar abusos reales.
Porque una democracia fuerte no se construye con ciudadanos amordazados, sino con ciudadanos libres, responsables y protegidos por la ley.